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¿Viste, Fidel? |
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Andrés Reynaldo
Apuesto a que lo viste. De un rincón al otro una ola de pesar ha barrido el mundo. Una ola, Fidel, que ha batido con pertinaz furia contra ese muro, endeble pero oprobioso, que tú has alzado entre los cubanos. ¿Lo viste? Se nos murió el sinsonte, Fidel. Y estamos tristes. Aunque, a la vez, mira tú, no nos cabe un alpiste del orgullo que sentimos por ella. Por Cuba. Por esa Cuba profunda y mágica que Celia simboliza y que tú no has podido destruir. ¿Viste, Fidel? Estoy seguro de que hiciste la misma comparación que nosotros. Su muerte y tu muerte. La muerte de los que son llorados por todo un pueblo (en este caso, muchos pueblos) y la muerte atonal y protocolaria de los tiranos. ¿Dime, Fidel, quién tú crees que te va a llorar? Veinte a uno a que lo viste. El cortejo fúnebre avanzando lentamente hacia la Ermita de la Caridad, al tiempo que la gente, su gente, cubría con pétalos de rosas el coche mortuorio. ¿Viste esos rostros, Fidel? El rostro del joven balsero que perdió sus piernas (podridas por la sal, mordidas por los peces) por escapar de ti sobre la llanta de un automóvil. El rostro del guajiro que sin ningún inglés (y un mal español) trabajó dos trabajos durante 20 años para enviar a sus hijos a la universidad y construirse la casa de sus sueños. El rostro del cubano que vive honesta y esperanzadamente de su trabajo, sin comité de defensa, sin discursos obligatorios, sin miedo. Estos son, tú lo sabes, los rostros de ''la mafia de Miami'', con sus zapatos nuevos y su ropa de domingo fragante de agua de lavanda, agitando banderas y mordiendo las lágrimas mientras la Guarachera de Cuba era llevada a los pies de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. ¿Y viste, Fidel, lo que decían de ti los periódicos? ''El gobierno de Fidel Castro no le permitió entrar a la isla para ver morir a su Madre''. Esa simple frase, lo mismo en checo que en francés que en italiano, te retrata en toda tu mezquindad. Así eres tú, Fidel, seco y roñoso, privado de todo amor. Un rencoroso matoncillo de zarzuela. Y hasta el más obtuso de tus admiradores advierte que se lo hiciste a Celia como se lo has hecho a todos. Que lo tuyo no es la izquierda ni la derecha, sino el abismo. Así es la vida, Fidel, tú tienes al Gabo, todo un premio Nobel, que va de país en país como una modistilla deslumbrada contando lo mucho que lees, lo tanto que te gustan los helados de coco y lo bueno que eres con tus vacas. (El pobre, ¿qué otra cosa iba a decir?) Tienes a Oliver Stone, a Pérez Esquivel, a la mercurial Hebe de Bonafide que se alegra incluso de los atentados terroristas del 11 de Septiembre. Y de pronto, Fidel, en el momento que menos te convenía, cuando la historia te califica como un bullicioso anacronismo, la muerte de Celia arroja una cirujana luz sobre tu dictadura y tu persona. ¿Y qué me dices, Fidel, de esa nota que publicaste en Granma? Siete líneas que intentan escatimar la gloria de una mujer que se hizo sinónimo de Cuba. ¿Quieres qué te diga algo? Nadie te lo ha perdonado. Ni dentro ni fuera. Puedes afirmar sin dudarlo que en eso estuviste a tu verdadera altura. Caramba, Fidel, ¿quién te habrá hecho tanto daño? ¿Cómo habrán depositado en tu pecho esa costra tan amarga y sórdida? ¿Quién te disminuyó en tal grado que ni siquiera en tu vejez has podido saciar, como todo hombre, una medida de ti mismo? ¿En qué horrible rincón de tu infancia te arrancaron de Dios? Y no digas, Fidel, que la política tuvo vela en este entierro. No, Fidel. Fíjate si no hubo política que ni siquiera el gobernador Jeb Bush se sintió obligado a venir a Miami. Estaba en California, pasando el cepillo para su hermano. Nuestro Jeb, Fidel, el amigo histórico de los cubanos. ¿Te imaginas? No envió ni a la vicegobernadora. (Aquí entre nosotros: ¿sabrá la vicegobernadora que hay cubanos en Miami?) Ni ambos Bob: Graham y Menéndez, nuestro flanco demócrata. Ni ese avispero de senadores y representantes que nos caen en La Pequeña Habana en tiempos de elecciones con un tabaco mal encendido, una guayabera prestada y un par de frasecitas en tu contra, como si fuéramos un corral de imbéciles. Ni nuestra Ileanita, Fidel, creyó necesario interrumpir sus sagradas vacaciones. Nada de política, te lo juro. ¿Y viste, Fidel, los honores que le tributó New York? Carroza blanca con un tren de cuatro caballos. Digno de una reina. Y allí estaban, bajo la lluvia, colombianos, puertorriqueños, dominicanos, judíos, nigerianos, irlandeses, salvadoreños... La Quinta Avenida cortada un martes a las 10 de la mañana para sacar el féretro de esta gloriosa negra de Santos Suárez envuelto en la bandera del triángulo de sangre. Y la estrella, Fidel, la dura estrella de nuestra nación, ardiéndole sobre el pecho. Y si no lo viste esta vez ojalá puedas verlo la otra, cuando los restos de Celia vuelvan a su patria libre. Y de que volverán, volverán. Ah, Fidel, de todas las personas del mundo tú eres el único que no debía perderse esa tremenda fiesta. (A lo mejor hasta Silvio le tiene su canción.) Que veas a su pueblo salir a la calle, sin mordaza, sin movilización compulsiva, sin cerveza de limosna. La libertad, Fidel, de punta en blanco, recibiendo a su guarachera. Y que escuches la conga subir por malecón. Y que veas las lágrimas y las risas y las fotos de Celia en cada casa, como las de una hermana ilustre y añorada. Y que se te peguen, sin querer, los estribillos. Y que las muchachas rompan caderas bajo el sol. Eso sería justicia poética. Y que alguien, apiadado de tu senil tristeza, te diga con habanera displicencia: "Vamos, comandante, no hay que llorar, que las penas se van cantando". |
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