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La descentralización
administrativa: Necesidad de nuestro tiempo Los franceses todo lo complican. Si uno va de excursión con un grupo de franceses por un monte y le das un platanito maduro a uno de ellos porque es lo único que te queda en la mochila, entonces verás que el francés se queda detrás en la fila india para que no lo vean pelar el platanito maduro y para que nadie le pida un pedazo y después de comérselo, en los minutos que siguen, le echará mano feroz a las teorías del Dr. Sigmund Freud con palabras que uno ni entiende y lanzará miradas entendidas de persona inteligente al resto del grupo mientras el cubano sigue delante chapoteando fango hasta la rodilla y pensando en el bendito momento en que atinarán a callarse. Son mansos pero complicados. La complicación va también con la aplicación de las leyes votadas por la Asamblea Nacional. Tal es el caso de la cacareada ley de descentralización promulgada en 1982 y aplicada con toda la prudencia que merece el viejo edificio institucional de la República. La Ley de descentralización es aplicada " en los límites que fija la Ley " y como el primer límite es que todos los actos, bandos municipales, departamentales y regionales tienen que pasar por el control jurídico del representante del Estado, (" Monsieur le Préfet ") en cada departamento, se trata entonces de una descentralización de fachada en la que, dicho sea de paso, nadie cree. Como si se tratara de un símbolo, aquí en Francia todas las carreteras, canales y ferrocarriles importantes tienen que pasar por París y aún hoy día, en este mismísimo año 2003, si usted quiere viajar en coche de la ciudad de Lille en el norte de Francia a la ciudad de Marsella en el sur, tendrá que sufrir las dos o tres horas de " traversée " de París. Francia se fundó en la necesidad de centralizar el gobierno y las decisiones de éste para neutralizar, primero por las armas y luego por la administración de los territorios, la voluntad de los pueblos conquistados, la diversidad lingüística, cultural o estética de los pueblos periféricos de entonces y que hoy forman lo que el ingenuo turista llama " Francia ". Así se mató al norte del río Loira prácticamente todo el folclor, los dialectos y los particularismos regionales de todas las provincias francesas (ya no hay provincias en Francia sino " departamentos " y " regiones "). En materia de folclor y de mantenimiento de las identidades regionales, lo que queda fuera del control jacobino del Estado centralizador en el sur de Francia es realmente mínimo en comparación con el pasado reciente. La voluntad del Estado de liquidar en los corazones el sentimiento de poseer una " patria chica " es una evidencia que sólo no es total en los territorios fronterizos del sur y en Alsacia. Si la Ley de descentralización administrativa fuera aplicada al pie de la letra, en particular en materia fiscal y de autonomía en cuanto a la posibilidad para un consejo municipal o departamental de buscar fuentes de ingresos en el extranjero o en el seno de la Unión Europea, la élite parisina correría progresivamente el riesgo de promover la dislocación del control del Estado sobre el ciudadano ( " control " peor que el de los C.D.R en Cuba, de ello, el amigo lector no debe tener la menor duda ) y es precisamente por esa razón que el Estado calla y " olvida " promover y divulgar las posibilidades legales que otorga la reglamentación de la Unión Europea a las colectividades territoriales de los países de la Unión. La base del actual separatismo corso, vasco y bretón viene de esa realidad palpable. También por esa misma razón y sin que ésta sea la única razón, los franceses votaron masivamente el 21 de abril de 2002 por un partido neo-fascista en las elecciones a la presidencia de la República para transmitir un mensaje fuerte y directo a los " parisinos de servicio " que componen la clase política. Los franceses en una especie de reacción a la acción del Estado dijeron " si ustedes no cambian, nosotros los vamos a cambiar a ustedes ". La apatía constante y masiva del ciudadano ante los asuntos públicos son la expresión de la oposición general a un concepto centralizador que no corresponde hoy a la visión supranacional que tiene el individuo en una especie de sentimiento profundo que en muchos casos solamente logra expresar cuando vota. Afortunadamente, todo indica que las sociedades occidentales en las que se puede incluir a Cuba (depués que pase el " accidente histórico ") tienden hoy a no aceptar el concepto del imperium estatal por encima de los intereses del ciudadano, de modo que en una república democrática en la que se respeten las libertades fundamentales, el Estado en su papel de regulador y de garante de los intereses comunes podría verse pronto en la necesidad de adaptar su percepción de la plebe y su acción hacia los plebeyos. Quizá los que hoy en Cuba se han lanzado a una lucha política abierta contra el bonapartismo tropical podrían tener una reflexión prospectiva sobre la necesidad de lograr en un futuro una verdadera descentralización administrativa y fiscal a nivel municipal y provincial en la isla con el objetivo de promover la responsabilidad del ciudadano ante su destino cotidiano. Lo más cómodo es que el Estado se ocupe de todo, lo duro es tener que ocuparse uno mismo de sus propios problemas. Sí, todo tiene un precio……….. Luis Tornés Aguililla |
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